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Blanca Perez

03/02/15

La siembra directa, una agricultura que mima el suelo

¿Quién no ha utilizado alguna vez la palabra labrador como sinónimo de agricultor? Parecen dos conceptos irremediablemente inseparables pero no lo son. Si no que se lo pregunten a los muchos profesionales agrarios que han apostado por la agricultura de conservación, ese conjunto de técnicas que incluyen la rotación de cultivos, la utilización de rastrojos para crear una cubierta vegetal que protege hasta el 30 % de la superficie y, sobre todo, la siembra directa, aquella con la que el grano penetra en una tierra en la que no se ha practicado trabajo de laboreo alguno.

Este mimo con el que se trata el suelo no es nuevo. En el mundo ya son más de 107 los millones de hectáreas que se cultivan con estas técnicas. En su mayoría están situadas en América, tanto del norte como del sur, pero avanzan con decisión en España donde la agricultura de conservación es visible en más de 600.000 hectáreas. De ellas, casi 108.000 están situadas en Aragón, adonde la agricultura de conservación llegó tímidamente en la década de los 90 de mano de un grupo de inquietos agricultores –apenas una quincena– que entendieron la necesidad de buscar fórmulas que devolvieran la vida a muchos de los secanos aragoneses, muy maltratados por medio siglo de intensas labranzas. Su inquietud por esa siembra directa que con tanto éxito se realizaba en Estados Unidos y Sudamérica les llevó a cruzar el charco para traerse bajo el brazo la experiencia y las técnicas de esa agricultura con la que cultivar no exige –sino que evita– realizar previamente labores de labranza, es decir, cortar o invertir total o parcialmente los primeros 15 centímetros del suelo creando unos surcos en los que se depositará el grano.

Han pasado más de 25 años en los que tras unos primeros pasos silenciosos y casi anónimos, la agricultura de conservación ha ido ganando terreno en la Comunidad, abriéndose paso entre regadíos y secanos que producen cebada, trigo, colza o girasol, maíz, sorgo, alfalfa y hasta soja, pero también lentejas, guisantes e incluso altramuces y cultivos leñosos. Su impulsora ha sido la Asociación Aragonesa de Agricultura de Conservación (Agracon) con la que los pioneros en estas técnicas pusieron nombre a su inquietud por extender por toda la comunidad esa siembra que mima el suelo.

Esa siembra que mima el suelo

La FAO –organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura– define la agricultura de conservación como una serie de técnicas que tienen como objetivo fundamental conservar, mejorar y hacer un uso más eficiente de los recursos naturales mediante un manejo integrado del suelo, agua, agentes biológicos e insumos externos. Eso sí, sin menoscabo de los niveles de producción y rentabilidad de las explotaciones.

Y es que con esta alternativa agraria todos ganan. Sus bondades benefician al medioambiente. Dicen numerosos estudios científicos que mantener el suelo cubierto de vegetación es uno de los métodos más eficaces para evitar la erosión. Y demuestran que cuanto menos se labra más carbono absorbe el terreno y más materia orgánica se sintentiza, con lo que, a largo plazo, aumenta su capacidad productiva. Unos argumentos que acompañan con cifras: "Las técnicas de conservación son capaces de fijar anualmente hasta 5,68 toneladas por hectárea de CO2 más que la agricultura convencional y permiten reducir hasta un 22% las emisiones a la atmósfera de los gases de efecto invernadero".

Gana, por supuesto, la tierra cultivable. Lo explica María Videgain, ingeniera agrónoma y técnico de Agracon, que detalla que se consigue un suelo más poroso, que almacena agua que cede después al cultivo; que circule mejor el aire, el agua y los nutrientes y que se favorezca el desarrollo de las raíces.

Razones económicas

Pero no solo es una apuesta medioambiental. Existen también otras razones de peso (económico). "Se ahorra en combustible", señala Videgain, que detalla que no solo no hay que hacer tantos pasos para preparar el terreno sino que además "lo más normal" es que la propia sembradora realice también el abonado. Con ello se reduce el coste en mano de obra, porque el agricultor "echa menos horas en el campo", destaca.

Existen estudios que cuantifican estas afirmaciones. Se estima que la agricultura de conservación –y, en especial uno de sus rasgos más innovadores: la siembra directa–, disminuye entre tres y seis las horas de trabajo por hectárea, reduce los costes entre 18 y 72 euros por hectárea –según la intensidad del laboreo al que sustituyen– y, no menos importante, propicia un ahorro de combustible que puede llegar a alcanzar hasta los 50 euros por hectárea.

​Videgain reconoce que son las bondades económicas las que han convencido a la mitad de los agricultores que han optado por unas prácticas que en los últimos años han experimentado un aumento progresivo impulsadas por el coste desorbitado del petróleo y la falta de lluvias. Y no descarta que ahora, con un combustible más barato, haya profesionales agrarios que se planteen si esos ahorros merecen la pena. Pero la técnico de Agracon insiste en que "hay otro 50% que apuesta por la agricultura de conservación por razones agronómicas, porque están convencidos y, además, muy contentos con los resultados". Por eso no cree que vayan a abandonar a pesar del abaratamiento del gasóleo. Es más, considera que el crudo no bajará tanto como para que esta alternativa no continúe siendo rentable. "Cuando un agricultor realiza una inversión en maquinaria especializada para la siembra directa tiene que plantearse al menos unos umbrales económicos para que estas prácticas le salgan a cuenta y creo que esos márgenes todavía son elevados", reitera.

El perfil de estos agricultures es "muy deseable", dice Videgain. Porque se trata de profesionales que "valoran mucho el patrimonio que tienen, el suelo, están preparados, informados, han leído mucho sobre estas técnicas y conocen bien su manejo", explica la representante de Agracon, que recuerda "los enormes esfuerzos" que esta organización está realizando tanto para asesorar y acompañar a los que se inician en la agricultura de conservación como para evitar un uso inadecuado de los herbicidas. "Es necesario tener en cuenta que al no labrar el suelo, se elimina la flora arvense (malas hierbas) mediante un tratamiento con herbicida total previo a la siembra", destaca la técnico. Videgain puntualiza que para que resulte lo más efectivo posible, desde la asociación se recomienda retrasar las siembras todo lo que la climatología permita. De esta forma, además de que el cultivo sufrirá menores ataques de plagas y enfermedades, se consigue aplicar el herbicida cuando la gran mayoría de malas hierbas han proliferado, con lo que se evitan o reducen tratamientos posteriores. "Además para intentar reducir el banco de semillas de arvenses en los suelos y con ello los tratamientos herbicidas, en los secanos luchamos por encontrar cultivos que nos permitan realizar rotaciones, obligatorias en la agricultura de conservación, que ayudan, junto con el rastrojo, a devolver parte de los nutrientes extraídos del suelo por otros cultivos", detalla.

Obstáculos

Pese a todo, la técnico de Agracon reconoce que no todo ha sido un camino de rosas. La agricultura de conservación ha tenido que ir haciendo frente a no pocos obstáculos. Uno de ellos ha sido la arraigada cultura del laboreo que explica por qué a pesar de los buenos resultados productivos que dieron los primeros ensayos, la idea de suprimir totalmente las labores de labranza fue vista durante mucho tiempo con gran escepticismo por los agricultores.

Se ha tenido que demostrar, además, la inexactitud de los argumentos de aquellos que achacan a estas técnicas una reducción de los rendimientos en el cultivo. "De lo que se trata es hacer un balance a largo plazo. Y entonces el beneficio es considerablemente mayor", asegura.

La maquinaria adaptada a estas labores también ha sido un caballo de batalla. "Al principio fue complicado pero ahora hay de muchos tipos", insiste Videgain, que reconoce, sin embargo, que "todas tienen sus ventajas y desventajas" por lo que Agracon trabaja "para modificar las sembradoras a las condiciones específicas de los suelos aragoneses".

A pesar de todo ello, el avance de la siembra directa en Aragón es una realidad que ha tomado velocidad en los últimos años. A falta de datos de la actual campaña de siembra (recientemente terminada), Agracon está convencida de que la superficie superará esas 108.000 hectáreas que se trabajaron con estas técnicas en 2013. Una confianza que basa en el incremento del 22 % que experimentaron en Aragón las ventas de sembradoras directas, unas cifras que recuperan además los niveles previos a la crisis.

Las advertencias de la FAO y los tímidos guiños de la PAC

"Los suelos son de enorme importancia para la producción mundial de alimentos pero no prestamos la suficiente atención a este aliado silencioso". Lo advierte José Graziano da Silva, director general de la FAO –organismo de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación– que ha decidido declarar 2015 como Año Internacional de los Suelos, en un intento de concienciar y promover un uso más sostenible de este recurso "tan amenazado".

Porque, dice entonces Graziano, a no ser que se adopten "nuevos enfoques" la superficie mundial de tierra cultivable y productiva por persona equivaldrá en 2050 a solo una cuarta parte de la que existía en 1960. Por eso el representante de la FAO insiste en la importancia de disponer de suelos sanos, "tanto porque constituyen la base para los alimentos, combustibles, fibras y productos médicos, como porque son esenciales para los ecosistemas, desempeñando un papel fundamental en el ciclo del carbono, almacenando y filtrando el agua, y mejorando la resiliencia ante inundaciones y sequías".

El directivo de este organismo internacional no hablaba de la agricultura de conservación, aunque sus advertencias parecen estar apuntando a las técnicas que realizan los profesionales que han optado por esta práctica agraria para devolver y mejorar la salud de sus suelos. También la nueva Política Agraria Común (PAC) parece hacer un guiño a este tipo de agricultura al destinar un porcentaje destacado de sus ayudas a las prácticas medioambientales y exigir a los agricultores que, para cobrar las ayudas, sea necesario realizar, por ejemplo, la rotación de cultivos.

Advertencias y guiños que aunque valorados no parecen ser suficientes para los responsables de la Asociación Aragonesa de Agricultura de Conservación. Así lo cree su técnico, María Videgain. "En principio todo esto debería servir para impulsar estas técnicas, porque todo lo que leemos parece centrar el foco en mejorar los suelos y evitar la erosión", dice. Pero la realidad no plasma lo que propugna el papel y, según Videgain, "no nos parece que la PAC recoja estos impulsos ni tenga una apuesta clara por la agricultura de conservación".

Es por eso que, desde Agracon, reivindican un apoyo más decidido de las administraciones públicas que permita impulsar lo que podría convertirse en una auténtica alternativa agraria. Exigen además recursos para poder desarrollar mucho más la investigación en este campo e incluso para realizar la formación que necesitan los profesionales agrarios que se inician en unas técnicas "que hay que hacer bien, ya que si no se puede incurrir en errores que podrían provocar el efecto contrario al que se persigue", insiste.